domingo, enero 30, 2011

Gente... coches, ruido, luces... silencio. Recorro la fachada de la casa con la vista, y tomándome mi tiempo, cruzo el umbral de la puerta. Mis ojos tardan en acostumbrarse a la oscuridad, pero empiezo a distinguir muebles apolillados, sábanas... polvo en el aire, que juega con un rayo de sol que se filtra por la persiana rota. Escalofríos. Hace frío de pronto. Como si el tiempo se parase, el reloj de pared observa silencioso la escena. Recorro la estancia y subo las escaleras. Una habitación. En el alfeizar de la ventana asoman varias velas encendidas, medio consumidas ya. Huele a iglesia y a cementerio. A paz. Otra habitación, llena de relojes. En movimiento. Tic tac. Tic tac. Salgo despavorida. Última habitación, oscura. Noto que alguien observa desde una esquina. Otro escalofrío. Bajo de nuevo las escaleras. Salgo de la casa.

Fuera el sol calienta mi cuerpo, mis pequeñas manos aprietan con fuerza el oso de peluche. Ante mis ojos una enorme extensión de prados. Crecen árboles en el horizonte, junto a las montañas. Ya no hay coches, ni gente, ni ruido. Sólo el sonido del viento.

3 comentarios:

Esther dijo...

¿Por qué puerta hay que salir?
Últimamente me cuesta encontrarla.

Andu dijo...

Yo te guío Esther, cógeme de la mano ;)

Anónimo dijo...

quiero subir a la fachada, y contemplar el mundo desde allí, recorrer la casa en silencio, contemplar las velas y escuchar la marcha del reloj...siempre agradecido de poder leer tus relatos,gracias.