martes, diciembre 08, 2009


Bienvenidos al Cabo de Buena Esperanza.

Exploradores, marineros rudos, fuertes, esperanzados, que viajaban con barriles cargados de deseos embriagadores, que luchaban contra ballenas gigantes y se acobardaban ante sirenas evocadoras de dulces melodías. Velas, harapos rotos en tempestades, olor a salitre en viejas bodegas inclinadas con el baibén de las olas. Barba de varios días, camisa descamisada, pantalones manchados de brea y sueños en la cabeza... muchos sueños.

Puestas de sol, catalejos y viejas gaviotas cansadas reposando en mástiles carcomidos por la polilla. Orgullo, piedad, espadas oxidadas y ojos tristes.

A lo lejos, un peñasco. Un trozo de tierra abrazando el mar, un acantilado que saluda al recién llegado, que le susurra entre las olas, el viento y las gaviotas.

Viejas esperanzas, largos viajes buscando el horizonte finito del mundo, duras batallas contra un mar bravo y salvaje, indomable... pero finalmente dominado. Hombres que recorrieron medio mundo y que mantuvieron la esperanza.

Tiempo pasó ya de aquellos viejos navegantes de compás y astrolabio, pero algunos de nosotros todavía guardamos la esperanza de volver a sentir como ellos sentían la nostalgia de viajes inolvidables.

lunes, noviembre 16, 2009


Piensa que nadie la observa y murmura una dulce melodía. Su cuello, pálido, suave al tacto, se eriza con una corriente de aire demasiado fría. El escalofrío va recorriendo lentamente su cuerpo agotado, como si de un suspiro se tratara.

Es una mujer anónima.

Nadie le ha dicho que hoy estaba muy guapa con su nuevo vestido, ni tan siquiera la han mirado de refilón al pasar por la ventana. Vive entre cuatro paredes. Dice vivir. Los días pasan y su piel tersa dejará de serlo, su cabello dorado se teñirá de canas y la luz de sus ojos se apagará dejando a oscuras los recuerdos.

Es una mujer triste.

Frente al espejo simula ser quien no es, sonriendo hasta que el carmín de los labios se desfigura en una mueca trágica y cómica a la vez. Sueña con poder ser otra, con sentirse deseada, con que los ojos de algún hombre se posen en su alma.

Es una mujer que grita.

Grita pidiendo ayuda, que alguien la saque de su jaula. Pero la gente no la ve, camina ciega en su día a día, y Ella pasa a convertirse en una sombra en un cuadro de claroscuros.

sábado, octubre 31, 2009

Una suave brisa mecía el barco con dulzura mientras el silencio nos envolvía en un paño húmedo y salado. El sol producía destellos en el oceáno, y acariciaba nuestros cuerpos mojados creando pequeños dibujos con las gotas de agua. Nubes blancas, algodonosas, perfectas, nos observaban desde un cielo azul cobalto, limpio, puro... En nuestra cara, una sonrisa. Una cría de cormorán curioseaba desde un peñasco cercano, como queriendo acercarse. De un lado, la inmensidad del océano se abría ante nosotros. Del otro, un acantilado de tonos parduzcos, con sus miles de años de formación a sus espaldas contemplándonos. Qué puedes sentir en momentos así.

Cómo encontrar las palabras que describan esa sensación. Escuchar sólo el oleaje, oler el mar, saborear el agua salada, sentir el tacto de los rayos del sol, ver el infinito y no sentir vértigo. Es imposible de explicar, imposible de reflejar con palabras una sensación así.

Sólo espero que al menos podais comprender de qué hablo.

domingo, octubre 11, 2009


Soñé que un pájaro rozaba la ventana y a su paso dejaba un juego de luces y sombras. El sonido del silencio repicaba en mi cabeza, y la habitación se encogía queriendo ahogarme. Saltaba por la ventana y echaba a correr, rozando con mis pies descalzos la hierba mojada. Atravesaba valles, colinas y bosques, mi vestido se enganchaba en las zarzas pero yo continuaba. Mi cuerpo se encogía lentamente, sintiendo el frío helador de la noche en cada poro de mi piel. Las estrellas se movían a mi paso, y en el horizonte los primeros rayos del sol dibujaban tonos sepias y rojos que acariciaban las copas de los árboles.

Tomé un camino serpenteante que, colina abajo, parecía perderse en la hojarasca. La colina se convirtió en acantilado, y el acantilado, en playa. La arena blanca resplandecía ya al sol de la mañana, y una ligera brisa mecía con suavidad el océano.

Silencio. Sólo interrumpido por el oleaje.

Me quité el vestido y dejé que los rayos atravesaran mi cuerpo desnudo. Sentía el roce de la arena, suave, cálida, que acariciaba mi alma.
Me sentía libre.


Nota: Tengo la costumbre de acompañar la escritura con una fotografía, pero esta vez prefiero que sea vuestra imaginación la que trabaje con sensaciones.

viernes, octubre 09, 2009



Y estalló en mil pedazos, como si una bala le hubiera atravesado el corazón...

miércoles, octubre 07, 2009


Una mesa con papeles, un ordenador encendido y un funcionario bostezando. Una clase llena de adolescentes, ninguno presta atención, una profesora tímida que se siente inferior. Una oficina, suena un teléfono, nadie lo coge, una secretaria mira abstraída por la ventana.

Una casa, una hipoteca, un coche con el que poder ir al trabajo para pagar la hipoteca, el coche y la ropa que lleva encima. Un absurdo, una sociedad que impone. Que redime a los que se salen de la línea.

Colegio, instituto, universidad... trabajo, jubilación... muerte.

Puedes escoger tu forma de vida. Puedes decidir qué hacer. Ser un miembro más del sistema, o salirte de él. 70, 80 años en los mejores casos. Sólo tú decides como emplearlos.

Una mujer, su pelo revolotea con el viento, pintura y un lienzo. En la playa, una tarde de invierno.

Un mercado, frutas, verduras, colores y sabores. Un hombre ríe mientras vende los productos de su huerta.


Un lago, los pies cuelgan del viejo embarcadero, rozando el agua. Sensación de libertad.


Tú decides.

sábado, octubre 03, 2009




Huele a otoño, a hojas secas y tardes cortas. A cambios de horarios, a nubes negras, a bufandas de rayas y a paraguas rotos. La luz se vuelve naranja, marrón y roja y a las playas naufragan los restos de un verano inolvidable. Ves tu reflejo en los charcos y te devuelven una sonrisa, una sonrisa de otoño. Prisas, atascos, colegios... y de pronto, calles vacías. Unos tacones que gritan ¡eco! en las alcantarillas mientras el cielo retumba.

Almohadas de sueños en los bosques deshojados.

Olor a castañas asadas, chimeneas que dibujan nubes y edificios grises. Café caliente y bizcocho mientras escuchas el repicar de una campana al otro lado del pueblo. Sensaciones que, olvidadas, empiezan a despertar de nuevo.

viernes, septiembre 18, 2009


Quiero un columpio. Y poder volar, que el vestido se me retuerza en bucles infinitos, y las risas se escuchen al otro lado del parque. Quiero sentir el viento en la cara otra vez, y no olvidarme de esa sensación. Echar la cabeza hacia atrás y ver el cielo con sus nubes, blancas, gorditas, tiernas... y quedarme así, balanceandome suavemente...

miércoles, agosto 05, 2009


Porque todo va a salir bien. Porque cuando menos te lo esperes, estaremos saltando de alegría.

jueves, julio 30, 2009



Silencio. Soledad. Tristeza.

Casas deshabitadas.

Entrar en una es como parar el tiempo. Los relojes en la pared marcan horas imposibles, la madera del suelo cruje y los cristales de las ventanas están esparcidos en mil pedazos. Una vieja silla espera impaciente que alguien limpie su polvo. Sombras y claroscuros, luces que se filtran como rayos divinos entre las grietas del tejado. Casas que al ser abandonadas frenan sus vidas, haciendo que el visitante se sienta como un anciano ante su viejo baúl de recuerdos.

Por eso, porque no quiero que queden en el olvido, hago mi pequeña colección de fotografías. Al margen de las carreteras viejos caserones de piedra y madera abren sus puertas deseosas de que al menos alguien las recuerde, por eso no lo puedo evitar, y frenamos el coche. Cojo la cámara, abro la verja oxidada he inmortalizo...inmortalizo cada rincón perdido en el olvido.

martes, julio 21, 2009

Sobre pájaros...

Así son las cosas, un día dejas de ser útil, y quedas esperando una muerte lenta, una autodestrucción del yo, ego para los más puritanos de la lengua. Esperando como pájaros anclados a cables de alto voltaje, temerosos de un paso en falso.

jueves, julio 09, 2009

Sueños de cosmonauta.


Yo quería ser cosmonauta, como Yuri Gagarin, y poder ver la tierra desde allá arriba. Comprobar que no hay dioses, ni barreras, y que allá fuera todo es silencio y oscuridad sólo interrumpida por miles, millones de estrellas. Recuerdo que con 9 años le cogía el telescopio a mi padre y me pasaba horas y horas viendo el firmamento, hasta que mi madre me mandaban a dormir. Mi libro favorito se llamaba El Universo, y todavía rememoro cada página de aquel asombroso mundo que se aparecía día tras día al releerlo.

Años después, tristemente soy consciente de que jamás cruzaré el hilo que separa a los hombres del infinito. No estudié Física, ni mi vida puede acercarme de ningún modo a todo lo que soñaba de pequeña. Los cosmonautas ya no existen, al menos no en su esencia. La URSS ya no está y los americanos son los que ganan hoy en día la carrera espacial. La Guerra Fría sólo se estudia en los libros de Historia, y los niños no ven más allá de sus habitaciones repletas de juguetes.

Pero a día de hoy, todavía saco el viejo telescopio en las noches de verano, le limpio el polvo a la lupa y me siento a observar Orión en todo su esplendor, la primera constelación que conseguí aprenderme sin necesidad de buscarla en mapas astronómicos.

Yo quería ser como Yuri Gagarín, y poder decir aquello de Poyejali! justo antes de despegar el Vostok I en el que sería el primer viaje del hombre al espacio. Un hombre que acabó consumido por la fama y que murió accidentalmente en un vuelo sobrevolando su amada Moscú. Un hombre valiente que empezó siendo un humilde mecánico y que cuando estaba allá arriba, sobrevolando la tierra, dijo:

"Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos".

Por desgracia, los pobladores del mundo no le hemos hecho demasiado caso.

domingo, junio 28, 2009


¡Pasajeros al tren!

Y lo último que escuché fue el traqueteo del vagón alejándose hacia Nueva Orleans.

lunes, junio 22, 2009



Sueño con sensaciones, con sentir el silencio.


A menudo sueño con un viejo caserón vacío, donde los muebles son el polvo y las manchas de las paredes, los cuadros. Sueño con un descampado cubierto de hierba fresca, donde poder tumbarse y rodar. También sueño con un grifo que gotea, con ese sonido rítmico y acuoso. En mis sueños también aparece una vieja tumba de mármol, desgastada por los años, y encima una mujer vestida de negro me invita a acercarme.

También hay una carretera, voy conduciendo una vieja motocicleta roja y sólo se escucha el traqueteo del motor. Miro hacia atrás y no hay nada, sólo el vacío. Sin embargo ante mi una cordillera oscura me vigila a lo lejos, mientras el sol ciega mis ojos y me obliga a colocar una mano a modo de visera.

Lo importante de todos estos sueños no es el contenido, es la sensación que dejan en mi cuerpo. Como cuando tienes sed y alguien te ofrece un vaso de agua.

sábado, junio 20, 2009



Te paras justo en el borde del mundo y debes decidir hacia que lado torcer... aunque a veces es mejor continuar recto.



jueves, mayo 28, 2009



Al final la vida consiste sólo en eso: esperar.

domingo, mayo 24, 2009



Ayer me encontré a Marisa y había perdido su sonrisa.

Marisa es esa niña que todos fuimos algún día, al menos unos segundos de nuestras vidas. No es como los demás niños. Viste siempre con unos zapatos desgastados cuyos cordones, dice ella, quieren escaparse, por eso siempre acaban desabrochándose.

Marisa siempre sonríe, y sin embargo, siempre está sola. Su único amigo es su abuelo, un viejo lobo de mar que se resiste a dejar la gorra de capitán. Es curioso verlos juntos. Siempre caminan igual, con las mismas grandes zancadas. Y con los mismos zapatos desabrochados.
Marisa no tiene padre ni madre. Ella murió al dar a luz, y él, dicen, se volvió loco y un día cogió su maleta y se marchó. Yo le llamaría cobardía. Pero quien sabe. Así que Marisa se quedó sóla con su abuelo.
A diferencia de los niños de su edad, Marisa va a casi cualquier sitio sola. Se pasa el día en la calle, haciendo recados o simplemente tumbada en la hierba del viejo parque junto al muelle, porque dice que le gusta ver llegar a los barcos oxidados que llevan al desguace. Son barcos tristes, dice, y por eso quiere hacerles compañía.
Así que cuando nadie mira, Marisa se introduce en los viejos cascarones rotos y juega a ser pirata por última vez. En todos y cada uno de los barcos. Marisa es única.
Yo creo que Marisa no tiene amigos porque los niños de hoy en día no la comprenden. Ella se tumba horas y horas viendo las nubes, jugando a buscar formas, y eso, para los niños de las videoconsolas es demasiado aburrido. Pero ella no se deja llevar, y le da igual ser diferente a los demás.
Pero ayer, cuando llegué al muelle, la vi sentada en el columpio oxidado, cabizbaja. Me senté a su lado y le pregunté qué le pasaba. Me dijo que un niño le había dicho en la escuela que iban a cerrar la empresa de desguaces, y que por lo tanto, ya no vendrían más viejos barcos a morir al muelle. Le dije que no se preocupara, que todo se arreglaría, pero hasta a mí me sonaban huecas las palabras.
No me quedé tranquila así que fui al puerto a preguntar. Después de varias malas contestaciones me dijeron que quieren construir un centro comercial, de esos con luces, grandes cines, tiendas de ropa y máquinas expendedoras de sonrisas. Pagando, claro. Y no me lo quise creer, no me lo quiero creer.
Pobre Marisa... tendré que encontrarle un nuevo refugio donde jugar a los piratas.

sábado, mayo 09, 2009


Tengo un encargo, de mi abuela: tengo que redactarle un documento para que, el día que se muera, pueda ser incinerada.


No me lo pidió ella expresamente, pero como se que a mi hermana estas cosas le cuestan más pues me ofrecí yo misma para hacerlo. Habrá quien lo vea macabro, es lógico, pero se puede ver también desde el otro lado del espejo: algo bonito que hacer por mi abuela. Quiere esparcir sus cenizas en un acantilado para caer al mar (aunque esto sea ilegal). Y se ve que para incinerarse hay que tenerlo bien preparado de antemano, sino, al nicho de cabeza. O de pies.

A mi me cabrea mucho el tema. Resulta que si te quieres enterrar en tu jardín, debajo de un árbol, no puedes. También está prohibido tirar las cenizas por ahí, hacer tu cementerio particular o quemarte en una barca como hacían los viquingos. Prohibiciones y más prohibiciones.

Resumiendo... sólo hay dos posibilidades: o te entierras en un horrible nicho de hormigón, o te incineras y dejas las cenizas en una urna bien colocadita encima de la chimenea. Y a mí no me va ni lo uno ni lo otro. Y me repatea mucho que nos obliguen a sufrir con la muerte, que nos entierren en cementerios cristianos cuando te has pasado la vida despotricando de la Iglesia, que un cura diga cuatro estupideces en un entierro donde el 80% de la gente son cotillas que sólo buscan el morbo del momento.

Cuando murió mi tía, en el entierro, había demasiada gente desconocida, sobre todo señoras de negro que cuchicheaban por lo bajo. Muy ancianas para haber conocido a mi tía y no eran familiares. No me jodas. Y resulta que tiempo después fui a otro entierro y juraría que eran las mismas señoras.

Y el velatorio, tener que estar viendo una caja con el cadáver dentro que parece estar a punto de levantarse y decir: ¡Iros todos a casa y dejadme descansar ya! Pero claro, las tradiciones son las tradiciones, la religión, la cultura... demasiada mezcla explosiva de castigo, dolor, sangre y pinchos. Entonces es cuando más envidio sociedades donde la muerte no es dolor, la muerte es un paso natural de la vida y punto. No quiero decir que no debamos sufrir, es normal. Pero sufrir lo que nuestro cuerpo dicte, no lo que decida el cura. Señoras que guardan luto años y años y que luego, aunque tengan la posibilidad, no se vuelven a emparejar. Y no se trata de respeto a su marido, no. Es cuestión de egoísmo puro y duro, aunque suene extraño.

Visto lo visto, creo que dejaré bien atado cómo será el día de mi entierro. Algo del tipo: nadie de negro, la gente vestida de blanco, rojo o violeta. Muchas flores silvestres, que me entierren debajo de un árbol y que suenen mis canciones favoritas. Que mis amigos lean cosas escritas por ellos, que no haya cura, ni símbolos, ni nada. Que luego hagan una comida en la hierba, con mantelitos de cuadros y mermelada, mientras bailan, cantan y beben. Que las lágrimas sean las justas para dejar paso a las carcajadas y que finalmente, cuando vuelvan a sus casas, sólo se acuerden de mi para sonreír. Si, no estaría mal.

miércoles, mayo 06, 2009





Si alguien me preguntara qué parte del día me gusta más no lo dudaría: las mañanas. Me gusta ver cómo se reactivan las cosas: ves a las señoras camino del mercado, los comercios abriendo, los niños arrastrándose al colegio, gente haciendo footing, bici, dándose el primer baño del día en la playa... En los coches todo el mundo bosteza cuando se forman caravanas, y los insultos se quedan para más tarde, todavía están dormidos. Ssshh.

Y lo mejor de todo es la luz que hay, sobre todo en días como hoy, de primavera, que parece todo como recién lavado. Esta mañana me levanté temprano y fui a dar un paseo, llegué hasta la playa. Me senté en una roca a dibujar cuatro garabatos y mientras, de paso, veía a la gente pasar de un lado para otro. Todo hay que decirlo, estaba tranquilo y no había apenas gente, pero es divertido analizar a las personas sin conocerlas de nada. Pasaban señoras en grupo a paso rápido que hablaban a gritos, chicos con los cascos a todo volúmen, perros con sus amos, amos con sus perros. Pero lo que más me llamó la atención de todos fue un hombre. Iba descalzo, caminando por la arena, y llevaba en una mano una cámara de fotos de las buenas, con un objetivo enorme. Se puso en la orilla y empezó a sacar fotos al mar. Al barquito que llegaba, a un surfista, a una gaviota, al horizonte del atlántico. Así un buen rato. Luego se tumbó en la arena, sacó una libreta, y se puso a escribir. Cuando acabó, me miró, sonrió y se marchó.

Si, ya sé que no tiene nada de particular, pero aquel hombre era diferente. Era un Hemingway del siglo XXI, tenía un aspecto tan particular que sería de locos no fijarse en él. Me gustó pensar que todavía queda gente que rompe los moldes.

De camino a casa me crucé con Marisa. Un día os tengo que hablar de ella; es otra de esas personas que rompen las normas. Me sonrió, como de costumbre, y echó a correr. Llegaba tarde al colegio.

Ahora toca trabajar y sinceramente me cuesta bastante. No se me va de la cabeza aquel hombre y su manera de ver... no de ver las cosas, sino de mirarlas. A ver si tengo suerte y me lo vuelvo a encontrar mañana.

domingo, mayo 03, 2009

Estoy cambiando el blog, siento las molestias mientras no está terminado. Saludos.